Journal of Undergraduate Research
Volume 7, Issue 2 - January/February 2006
Recuperando espacios domésticos de la memoria colectiva:
Cuatro narrativas femeninas de la posguerra española
Sarah O'Brien
INTRODUCCIÓN
The minute we apply a glimmer of consciousness to a mechanical gesture, or practice phenomenology while polishing a piece of old furniture, we sense new impressions come into being beneath this familiar domestic duty. For consciousness rejuvenates everything, giving a quality of beginning to the most everyday actions. It even dominates memory.
—Gaston Bachelard, The Poetics of Space (67)
RESUMEN
Margaret A. Lourie, Domna C. Stanton y Martha Vicinus plantean una serie de preguntas críticas en su introducción a un número monográfico de la Michigan Quarterly Review dedicada a las mujeres y la memoria:
Are there conditions under which women are forbidden to remember? Who gives value to women’s memories; who degrades or ignores them? Who are the carriers of family memories? Of public memories? (1)
Esta tesis planteará la consideración de estas cuestiones en mirar cuatro narrativas que emergen del contexto histórico de la Guerra Civil española (1936–1939), la dictadura franquista (1939–1975), la Transición a la democracia (1975–1982), y el período actual.
Empezaré por explicar los sucesos de la guerra y del franquismo que desembocaron en una “crisis de memoria” en España. Demostraré que tanto el estado autoritario como la aceptada práctica de esferas separadas crearon condiciones represivas que impidieron la participación de las mujeres en los actos de recordar individuales o colectivos. Propondré una doble hipótesis sobre la solución que encontraron algunas mujeres a estos obstáculos. Primero, algunas subvirtieron sus papeles tradicionales de madres y guardianas del hogar con el fin de conservar los recuerdos en el espacio doméstico; segundo, al representar dicha acción, otras —entre ellas las narradoras de los textos examinados aquí— rescataron y dieron a conocer vivencias normalmente ausentes de la memoria colectiva. Por último, aplicaré esta hipótesis a un grupo de textos autobiográficos en el sentido lato de la palabra: Primera memoria de Ana María Matute (1960); Memoria de la melancolía de María Teresa León (1970); La voz dormida de Dulce Chacón (2002); y una entrevista personal con Josefina Piquet Ibáñez (2004).
Se ha ignorado el mundo doméstico en el análisis de la memoria colectiva, por lo cual ha sido necesario aunar diversos conceptos para construir un marco teórico. Después de leer ampliamente en las disciplinas de historia, sociología, psicología, y crítica literaria y feminista, me quedé con tres conceptos claves: los lieux de mémoire, las esferas separadas y liminalidad. Corresponden a las tres categorías que estructuran el análisis textual: los lieux de mémoire figuran en “La conservación”; el impacto de las esferas separadas se manifiesta en “Las relaciones entre mujeres / madres e hijas”; y liminalidad explica la función de “La escritura.” Los tres además se aplican en distinta medida a los tres textos escritos: Primera memoria es un contraejemplo que muestra la falta de conservación doméstica y la ausencia de satisfactorias relaciones maternales; Memoria de la melancolía muestra cómo la escritura les permite a las mujeres a cruzar el umbral entre las esferas privada y pública; y La voz dormida demuestra que la conservación de la memoria puede resultar en la creación de lieux de mémoire.
EL CONTEXTO HISTÓRICO
El primero abril, 1939, el general Francisco Franco proclamó con letra mayúscula que “LA GUERRA HA TERMINADO” (citado en Chacón 142). En realidad, sólo las ofensivas en el campo de batalla acabaron aquel día. En la posguerra inmediata (1939–1944), más de 200,000 ciudadanos fueron ejecutados por pertenecer o haberse asociado con el bando republicano (Richards 11). Muchísimos más fueron encarcelados, mandados a campos de concentración, o forzados al exilio. Según Josefina Piquet, “la gente callaba, porque era el instinto de supervivencia” (1).
Por casi cuatro décadas, la dictadura franquista manipuló la memoria colectiva en España (Richards 7). Sus tácticas se conformaban con el proceso típico por el que el poder reprime la memoria colectiva: “the powerful massively repress certain individuals, deeds, or movements from public consciousness. They then forge the collective memory, in history books, for example, that they prefer” (Stimpson 260). Las prohibiciones contra las memorias heterodoxas no terminaron con la muerte de Franco en 1975. Para lograr la armonía nacional en España y facilitar la transición a la democracia, se promulgó una ley de amnistía. Hasta cierto punto, esto propició la amnesia y por lo tanto mucha gente mantuvo su “pacto de silencio” aun cuando ya no había peligro en hablar (Navarro 12).
No obstante, un movimiento contra la desmemoria se ha despertado en los últimos años. Los intentos de recobrar la memoria colectiva son diversos: la formación de organizaciones dedicadas a llevar los recuerdos personales al público; la publicación de incontables libros y artículos; la inauguración de exposiciones en los museos; las tentativas por parte de los sobrevivientes de ser reconocidos por su participación en la guerra o de recibir documentación de su encarcelamiento durante la posguerra; la construcción de monumentos para conmemorar las víctimas del lado vencido; y las iniciativas para localizar y excavar las tumbas anónimas de presos ejecutados (Ettinghausen 100). Estos proyectos corren parejos con cambios en la vida cotidiana y un número creciente de personas han empezado a contar sus recuerdos a sus amigos y familiares.
EL MARCO TEÓRICO
Empezaré por delinear los conceptos fundamentales de la memoria colectiva para luego aplicarlos a las condiciones específicas de la España de la posguerra. Debemos la teoría de la memoria colectiva al sociólogo francés Maurice Halbwachs y su libro La mémoire collective. Ramon Ramos resume sus ideas así:
la primera reitera la vieja máxima de que ser es perseverar; la segunda refunde y replantea la idea ancestral de que sólo es dado perseverar en el ser por medio de la memoria; la tercera retoma la tradición durkheimiana y propone que la memoria se construye socialmente o, dicho de otro manera, que al recordar nos acogemos a un pasado producido y mantenido socialmente. (64–65)
Cristina Dupláa provee una síntesis aún más directa que Ramos: “los seres humanos para ser tienen que recordar dentro de un grupo” (31). En fin, la teoría de la memoria colectiva mantiene que la identidad individual depende de la memoria, que a su vez depende de la interacción social.
Para comprender la crisis de memoria de España, solamente hay que sobreponer el modelo de Halbwachs en las imágenes de la sociedad de la posguerra presentadas en la literatura disidente de la época. Una oración de El cuarto de atrás de Carmen Martín Gaite sirve como un ejemplo apto:
Nadie quería hablar del cataclismo que acababa de desgarrar al país, pero las heridas vendadas seguían latiendo, aunque no se oyeron gemidos ni disparos: era un silencio artificial, un hueco a llenar urgentemente de lo que fuera. (133–34)
El abrumador silencio indica la carencia de los intercambios sociales imprescindibles para la producción y mantenimiento de la memoria colectiva. Sin embargo, la imagen de “las heridas vendadas” indica la represión y no la eliminación de las memorias.
El cuarto de atrás provee otra descripción de la saña con la que Franco impuso el silencio. La narradora reflexiona que el caudillo:
era unigénito, indiscutible y omnipresente, […] había conseguido infiltrarse en todas las casas, escuelas, cines y cafés, allanar la sorpresa y la variedad, despertar un temor religioso y uniforme, amortiguar las conversaciones y las risas para que ninguna se oyera más alta que otra. (115)
Hay que decir que el silencio no era simplemente el resultado de la imperiosa personalidad del dictador sino el producto de varios sistemas opresivos propagados por la dictadura: las represalias contra el bando perdedor (el encarcelamiento, la tortura, el asesinato, y el exilio); la censura rígida; la propaganda educacional, cultural y política; y la economía aislada. Lo importante es subrayar que el silencio, una señal palmaria de la represión de la memoria colectiva, penetraba cada rincón de la sociedad de la posguerra.
Ha sido con intención que he empezado por considerar la manera en que las memorias de todos los miembros del bando perdedor fueron reprimidas por el estado hegemónico. Sobre esta base, se puede proceder a considerar cómo las memorias de las mujeres fueron doblemente reprimidas. Dupláa provee un punto de partida para la investigación de la doble amenaza enfrentada por las memorias femeninas:
Pero dentro de este sufrimiento físico y moral de los derrotados, en general, había el de las mujeres, en particular. Las voces de esas mujeres recuerden que por el mero hecho de tener un cuerpo femenino, la humillación, la tortura, la vejación era doble: como perdedores y como mujeres. Las violaciones físicas las llevaron a cabo hombres que, además de ser los ganadores de la guerra, conocían el poder que les otorgaba el patriarcado. (34–35)
El énfasis en las represalias físicas no debe eclipsar el peso del “sufrimiento moral.” Su argumento es bastante claro: aun en su derrota, las mujeres y los hombres no compartían los mismos castigos.
No es suficiente, sin embargo, echar la culpa a la entidad imprecisa del patriarcado. Para entender la doble represión de las memorias de las mujeres, es útil examinar la ideología de las esferas separadas. Esta creencia prescribió una partición estricta del espacio y una dicotomía correspondiente de papeles de género: encomendó a los hombres los asuntos económicos y políticos en la esfera pública mientras que apartó a las mujeres a la esfera privada y les asignó el papel de madre, esposa y guardiana del hogar. Esta división se manifestaba en cada aspecto de la sociedad española, incluyendo el sistema legal, la educación, la Iglesia y la estructura social (Enders y Radcliff 19–21).
La retórica de esferas separadas no era el producto del franquismo sino de la creencia —probablemente derivada de la Biblia— de que las mujeres eran menos que los hombres y por consiguiente no eran dignos de ciudadanía. Enders y Radcliff explican que la dictadura “prided itself on the maintenance or revival of ‘traditional’ culture” y por lo tanto empleó varios mecanismos para fortalecer las divisiones entre los sexos (19). Por ejemplo, mantuvo segregado el sistema de educación y fundó instituciones como la Sección Femenina de la Falange (Soliño 49). Martín Gaite comenta que el renovado interés en la ideología de esferas separadas desacreditó los avances hacia la igualdad entre los sexos hechos durante la República:
La retórica de la posguerra se aplicaba a desprestigiar los conatos de feminismo que tomaron auge en los años de la República y volvía a poner el acento en el heroísmo abnegado de madres y esposas, en la importancia de su silenciosa y oscura labor como pilares del hogar cristiano. (82)
Aunque Martín Gaite pretende criticar el movimiento retrógrado provocado por la dictadura, su declaración también indica que el vestigio de un modelo más igualitario persistía en la memoria colectiva de la posguerra.
Es preciso reconocer que la ideología de las esferas separadas funcionaba como un modelo ideal y, hasta cierto punto, permitía excepciones. El sociólogo Tim Carrigan critica la base de “sex-role theory,” arguyendo que el término “papel de género” suele simplificar y confundir los ideales de la sociedad tradicional (105–08). Además, observa que “sex-role literature does not consistently distinguish between the expectations made of people and what they in fact do” (106). Su distinción es útil para este análisis: las protagonistas frecuentemente actúan de modo inesperado. No obstante, Enders y Radcliff señalan astutamente que aun en los casos excepcionales, la ideología influye en las mujeres:
While the complex reality of gender roles did not conform to the rigidity of separate spheres […] the ideology and its supporting web of cultural institutions was a necessary point of departure for female identity formation. (19)
La adopción de roles heterodoxos no implicaba un abandono absoluto de los papeles tradicionales sino una desviación de ellos. Por lo tanto, exigía —o permitía— la incorporación de valores tradicionales y modernos.
Los argumentos precedentes pueden ser resumidos en dos puntos: para contribuir a la memoria colectiva, todos los derrotados tuvieron que navegar a través de una red de prohibiciones construida por el estado franquista; las derrotadas también tuvieron que superar la estructura opresiva patriarcal y la aceptada práctica de esferas separadas. La teoría del antropólogo Edwin Ardener sobre las subculturas (“muted groups”) y su relación a la cultura dominante nos permite examinar la relación entre las dos realidades. Elaine Showalter explica que, según Ardener, “women constitute a muted group, the boundaries of whose culture and reality overlap, but are not wholly contained by, the dominant (male) group” (199). La España de la posguerra presenta un caso curioso en que un segmento considerable de la población masculina (los hombres del bando perdedor) se consideró subalterno también. Showalter aclara este fenómeno por decir que la teoría de Ardener permite que “a dominant structure may determine many muted structures” (202). Por ende, la estructura dominante del régimen franquista determinaba 1) la estructura subalterna de todos los derrotados; 2) la estructura subordinada de las derrotadas.
Quizá la palabra “mudo” sea engañosa: la teoría de Ardener indica que las mujeres enfrentan una dificultad en comunicarse, pero no una imposibilidad. Showalter explica el obstáculo fundamental:
Thus muted groups must mediate their beliefs through the allowable forms of dominant structures. Another way of putting this would to say that all language is the language of the dominant order, and women, if they speak at all, must speak through it. (200)
Pues ¿cómo hablan las mujeres a través del orden dominante? Showalter resume la hipótesis planteada por Ardener: “women’s beliefs find expression through ritual and art […]” (200).
El propósito de mi análisis literario parte de la hipótesis de Ardener. En vez de examinar cómo las protagonistas expresan sus creencias a través del ritual y arte, investigaré cómo emplean el ritual y el arte para colaborar en la creación y la perpetuación de la memoria colectiva. Primero enfocaré los ritos domésticos: demostraré cómo las protagonistas modifican la significación de sus faenas para que no sean solamente las guardianas del hogar sino también las guardianas de las memorias clandestinas. Luego consideraré la influencia de las relaciones entre mujeres —particularmente las relaciones entre madres e hijas— en la conservación de las memorias. Por último miraré el arte de escribir sobre estos temas; es decir, investigaré cómo las autoras, al representar los ritos domésticos de conmemoración y las relaciones entre mujeres, dan a conocer una área normalmente ignorada o devaluada en el estudio de la memoria colectiva.
Para empezar el análisis de los rituales domésticos y su representación en las narrativas, es necesario explicar tres conceptos: la conservación, la nostalgia, y liminalidad. En un artículo que investiga la ambigua relación entre las mujeres y el hogar, Iris Marion Young señala que hay al menos una tarea doméstica que no merece el menosprecio: la conservación:
Preservation makes and remakes home as a support for personal identity without accumulation, certainty, or fixity. While preservation, a typically feminine activity, is traditionally devalued at least in Western conceptions of history and identity, it has crucial human value. (135)
En contraste con las tareas prácticas requeridas para mantener la casa (fregar los cacharros, barrer el suelo, etc.), los actos de conservación mantienen los objetos que “carry sedimented personal meaning as retainers of personal narrative” (Young 150). Es decir, conservan los objetos que están dotados de memorias: las fotografías, los muebles, las joyas, los diarios y las cartas.
El mantenimiento físico de estos objetos no necesariamente garantiza su conservación. Además de lustrarlos y quitarles el polvo, hay que arreglarlos en el espacio del hogar para que se incorporen a la vida cotidiana de los habitantes (Young 150). También hay que accionar las “narrativas personales” que residen dentro de ellos contándolas a otros o rememorándolas individualmente (Young 152). A través de tales acciones la conservación logra su potencial más poderoso: la posibilidad de provocar un cambio. Cada vez que una mujer cuenta una historia a sus niños o arregla las fotos familiares, tiene una oportunidad para alterar el cuento o colocar las imágenes en posiciones diferentes. Por consiguiente, la conservación de los objetos domésticos siempre ofrece la ocasión de cambiar el significado de las memorias.
Según el análisis de Young, la agobiante tarea de ama de casa posee el potencial de asumir un valor incuestionablemente positivo: la conservación o la permutación de la memoria al nivel familiar e individual. Gayle Greene ofrece una evaluación contraria de los actos de conservación en el hogar: “deprived of outlets in the present, [women] live more in the past, which is why they are the keepers of diaries, journals, family records and photographs” (296). Su aserción sugiere la imagen de una mujer absorta en las polvorientas reliquias de su pasado, incapaz de —o poca dispuesta a— aceptar la realidad de su presente y futuro. Tal perspectiva indica que la conservación implica la nostalgia, la cual es opuesta al recordar. Greene explica que:
In fact, nostalgia and remembering are in some sense antithetical, since nostalgia is a forgetting, merely regressive, whereas memory may look back in order to move forward and transform disabling fictions to enabling fictions, altering our relation to the present and future. (298)
Además, los sentimientos nostálgicos son motivados por el deseo de regresar al hogar (la palabra nostos literalmente significa “el regreso al hogar”). Para las mujeres, tal deseo plantea un gran riesgo en que el hogar tradicionalmente ha sido el sitio principal de su opresión (Greene 295–96). Por lo tanto, será preciso discernir si las protagonistas muestran tendencias nostálgicas o si emplean formas más productivas de recordar mientras atienden el trabajo de la conservación.
Mi enfoque en los espacios domésticos ocasiona una pregunta obvia: ¿cómo coincide el mantenimiento de las memorias personales y familiares —es decir, individuales— con la conservación de la memoria colectiva de la España de la posguerra? Hay dos respuestas complementarias. La primera afirma que la memoria exclusivamente individual no existe. Ramos explica que la teoría de Halbwachs propone este argumento por
llamar la atención sobre un rasgo universal del mundo de la experiencia que es siempre un mundo habitado por otros y con otros. Recordarlo es también rememorar a esos otros con los que lo compartimos. En este estricto y limitado sentido, es evidente que no hay recuerdo que no sea social. (70)
La segunda réplica concede la existencia tanto de la memoria individual como de la memoria colectiva, pero otorga mayor importancia a la segunda. Amalio Blanco la formula así:
Hay, pues, una memoria individual y una memoria colectiva, idénticas en la dinámica de sus relaciones a la conciencia individual y a la conciencia colectiva. Ambas se complementan, se apoyan y se penetran mutuamente, pero es la memoria colectiva la que sirve de envoltura a la individual […], la que acabará por institucionarse y regularse transitando a lo largo de generaciones como signo de identidad de grupos, comunidades y sociedades. (citado en Dupláa 32)
La aserción de Blanco no refuta la de Halbwachs; al contrario, también indica que la memoria individual siempre es incorporada en la memoria colectiva. Un propósito de esta tesis será demostrar cómo las protagonistas se mueven entre las esferas privada y pública y contemplar cómo su movimiento influye la memoria individual y colectiva. Aunque sean válidos, los argumentos de Halbwachs y Blanco no proveen el vínculo adecuado para este objetivo.
En cambio, el concepto de liminalidad ofrece la posibilidad de examinar la relación entre los dos tipos de memoria en un contexto espacial. La palabra “limen” significa umbral y, según Carolyn Heilbrun, “to be in a state of liminality is to be poised upon uncertain ground, to be leaving one condition or country or self and entering into another” (3). Las mujeres están particularmente familiarizadas con tal estado: a menudo se hallan “betwixt and between, neither altogether here nor there, not one kind of person or another, not this, not that” (Heilbrun 8). Aunque liminalidad necesariamente implica inseguridad e incertidumbre, también ofrece a las mujeres “viable alternatives to patriarchy” (Heilbrun 3; Driver 165). Indudablemente también les proporciona la posibilidad de escapar del encierro de la esfera privada.
Emplearé el concepto de liminalidad en mi investigación tanto de ritual como de la escritura. De hecho, el concepto originó en el estudio antropológico de los rituales. Tom Driver explica que estos adquieren un potencial transformativo a través de su índole liminal: “in their liminality, rituals exist outside many of the rules and expectations society normally imposes upon behavior. Rituals partly substitute for society’s codes of behavior special codes of their own” (164). Heilbrun añade que los rituales permiten la oportunidad de “enact a role that one would never dream of in one’s usual, ordinary life (9). Hasta cierto punto, todas las protagonistas se hallan relegadas al espacio doméstico y los papeles correspondientes, lo cual impide su participación en los medios tradicionales de crear y perpetuar la memoria colectiva. Los ritos domésticos de conmemoración, sin embargo, les permiten modificar sutilmente sus papeles habituales para contribuir a la memoria colectiva.
El concepto de liminalidad también puede ser aplicado a la escritura. El escritor francés Georges Perec explica que la comunicación sirve como el puente entre el mundo interior del individuo y el entorno exterior del público:
The door breaks spaces in two, splits it, prevents osmosis, imposes a partition. On one side, me and my place, the private, the domestic … on the other side, other people, the world, the public, politics. You can’t simply let yourself slide from one into the other, can’t pass from one to the other, neither in one direction nor in the other. You have to have the password, have to cross the threshold, have to show your credentials, have to communicate, just as the prisoner communicates with the world outside. (“Species” 37)
De este modo es posible concebir la escritura, una forma de comunicación, como un acto liminal o, más bien dicho, una manera de cruzar el umbral de la esfera privada a la esfera pública.
Las tres novelas y la entrevista comparten dos rasgos que aumenten su índole liminal. Primero, todas son (auto)biografías. Perec explica que aunque las autobiografías son escritas por y sobre los individuos, son pensadas para el público:
It’s all done for sharing with others, it forms part of something the outcome of which is a material object, a book, that will belong to others, that’ll be shared, exchanged. It’s all an approach to my own life-story but only to the extent that it is collective, shareable. (“Work” 133)
Mientras las autobiografías empiezan con la memoria personal
del autor, terminan siendo la propiedad de la memoria colectiva. De
ese modo cruzan la frontera liminal entre los dos tipos de la memoria.
Los cuatro textos que investigaré no son simplemente (auto)biografías
sino (auto)biografías narradas por mujeres. Nancy K. Miller propone
que:
Leaving home has always been a condition, often a metaphorical one, for writing an autobiography. For women, this departure does not go easily, even at the end of the twentienth century. (citado en Heilbrun 53)
Por contar textual u oralmente la historia de su propia vida y la de otras mujeres, estas cuatro mujeres se han puesto en terreno incierto. Han cambiado la seguridad relativa de la esfera privada por la intranquilidad de la esfera pública.
NOTAS
- Dupláa señala que tales condiciones poseen un potencial subversivo: “Cuando [la] dinámica [social] se resquebraja por una acción violenta, la memoria colectiva se convierte, en términos simbólicos, en una arma de resistencia: en un lenguaje de denuncia” (33).
- Michael Richards indica la relación entre el silencio y la política económica del estado: “as Spain retreated within [during the period of autarky en the 1940s], […] people were forced to retreat into the domestic sphere in an attempt to get by. Even here, though, the regime intervened to shape the politics and economics of the family” (173).
- Es posible que el impacto demográfico de la Guerra Civil sobre la población masculina exigiera más flexibilidad en los roles.
- Al aceptar la existencia de un cierto grado de solapo en las culturas de los dos géneros, el paradigma de Ardener difiere del modelo de esferas separadas (Showalter 200).
- Se puede añadir grupos de mujeres más subordinadas: por ejemplo, las mujeres de la clase trabajadora, de razas marginales, de las regiones autónomas, etc. De hecho, todas las protagonistas de las narrativas que examinaré pertenecen a grupos de mujeres más discriminadas que las mujeres en general: Matia de Primera memoria es una adolescente y huérfana, al menos de madre; María Teresa León de Memoria de la melancolía es una desterrada; las mujeres de La voz dormida están encarceladas o son miembros de la clase obrera; y Josefina Piquet es catalán. Por lo tanto, todas tienen que superar obstáculos múltiples para expresarse.
- Mientras que Hielbrun sugiere que los rituales no forman parte de la vida diaria, en el caso de estas protagonistas sí tienen lugar dentro de su vida cotidiana.
- Primera memoria es el Bildungsroman que sirve como el primer tomo en una novela tripartita compuesta de elementos fictivos y autobiográficas; Memoria de la melancolía es tanto un libro de memorias (la autora recuerda épocas específicas de su vida) como una autobiografía en el sentido tradicional (la autora resume su vida entera); La voz dormida no es una obra de pura ficción sino el producto de testimonios recogidos de personas que vivían durante la Guerra Civil y la posguerra inmediata; y la entrevista se desarrollaba como si fuera el cuento abreviado de la vida del sujeto.
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